PRÓLOGO DE BÈHAR A LA BIOGRAFÍA DE TZARA

Durante mucho tiempo, poco después de su muerte, trabajé en el despacho, más explícitamente, en el despacho de Tristan Tzara, calle Lille número 5. Allí fui abducido por su universo mental, por lo que habían podido cristalizar sus emociones a lo largo de su vida. Tenía allí todo al alcance de la mano. Las ediciones originales de sus obras sabiamente ordenadas en su vasta biblioteca. Bastaba abrir un archivador para encontrar allí además, los manuscritos de los poemas, las reediciones, las cartas clasificadas con esmero, los documentos capaces de esclarecerlos. A girarme hacia la izquierda, en la pared, puedo admirar la maravillosaTête d’homme cubista de Picasso (1912), adquirida por el poeta en la segunda venta Kahnweiler en noviembre de 1921; unos dibujos y grabados de Chirico, de Hans Arp, de Giacometti; un pastel de Miró. Más lejos, los tres grabados coloreados de Max Ernst, una especie de lección práctica, que Tzara había adquirido cuando la primera exposición del artista que el contribuyó a organizar en París, Au Sans Pareil, y sobre todo esas rarezas que constituían los ensamblajes de Kurt Schwitters destacando un Miroir collage que yo no podía dejar de deconstruir, por no hablar de un espléndido Delaunay de 1913 y del Paysage avec un château del Aduanero Rousseau, Y por todas partes fetiches de África y de Oceanía, que él había sabido reconocer e identificar desde 1917. En su Nota sobre arte negro Tzara escribe : ¨Mi otro hermano es inocente y bueno y sonriente. Se alimenta en África o costeando las islas oceánicas”. De tal manera, naturalmente, se hubo convertido en un experto, no solo de arte africano, sino también del de las islas del Pacífico, e incluso del arte precolombino. Querría aquí alzar mi voz, contra la opinión, estúpidamente extendida, que pretendería enfrentar el dadaismo comprometido con el arte negro en la persona de Tzara, con el surrealismo del arte oceánico por empeño de Breton. Nada más falso. Como testimonio los magníficos reposacabezas oceánicos adquiridos a Jacques Viot, marchante de origen mallorquín, en 1928, el escudo de las islas Trobriand comprado en la venta Rupalley en 1930, la estatuilla de Isla de Pascua traída por Pierre Loti, y el paradójico bastidor reloj de arena de coral del Estrecho de Torrés, que coronaba su biblioteca. Al mismo tiempo, no puedo evitar evocar la pureza de una máscara Dan, que debía ineludiblemente llevarme, en cuanto pusiera el pie en Costa Marfil, a gastarme hasta el último franco, para adquirir una que evidentemente no la igualaría, y también esa impresionante máscara Gouro-Beté que ya no me dejaría jamas ajeno al oeste del país. Pero para mí, como la obra maestra de la colección, la más representativa para Tzara, permanecerá la máscara Kwélé de Gabón, revestida de caolín, con los ojos hundidos en oblicuo, tan tristes.

No imaginaba entonces, oyendo, a través del patio, la señal de las horas de Radio Luxemburgo, que me iba a ser necesario luchar tanto para reunificar virtualmente tamaño conjunto, o al menos en encontrar su huella, para establecer las Obras completas del poeta, y sobre todo en mostrar la continuidad que tanto la pintura como poesía constituían un significado común en su pensamiento.

La división de las colecciones en el apartamento de la calle Lille (sucesor de la avenida Junot) es un poco la misma que la del 42 de la calle Fontaine de André Breton. Fue realizada en varias etapas y no suscitó una emoción colectiva. ¡Quién lo diría! Nos encontrábamos allí toda la memoria de Dada, de una gran parte de la del surrealismo y de la vanguardia del siglo XX. Con ella se afirmaba la unidad de un pensamiento, de una obra y, me atrevo a decir, del hombre en su época. A Sasa Pana que proponía como título “Poemas anteriores a Dada“ para una recopilación de sus poesías rumanas, Tzara no lo permitió y lo rechazó por “ suponer una especie de ruptura en mi persona poética … debida a cualquier cosa que hubiera ocurrido fuera de mí (el estallido de una fe semi-mística, por decirlo así : Dada) que, por hablar con propiedad, nunca existió, porque hubo en ella continuidad mediante sacudidas más o menos violentas y determinantes, si queréis, pero continuidad e imbricación a pesar de todo, unidas en supremo grado a una determinación latente “. Con todo, no es por falta de haberles advertido a los poderes públicos de los perjuicios que se derivarían de una dispersión, Abordada por la familia, que deseaba legar el conjunto de la colección, siempre que se hiciera la mención “Fondos Tristan Tzara”, la Biblioteca Nacional lo rechazó. Un tiempo después, el Museo Nacional de Arte Moderno (entonces con sede en la avenida Presidente Wilson), en la persona de Bernard Dorival, ayudado por Michel Hoog y encarecidamente recomendado por Jean Casou, se interesó en ello hasta el punto de adquirir unos edificios para ese fin. No sé por qué las negociaciones entre la institución, el fisco y los detentores de los derechos del poeta fracasaron, sin duda por la misma razón que, treinta años después, concluyera en venta pública la colección Breton.

En el balance, los bienes dejados por Tzara se fragmentaron en cuatro grupos. Sus libros y revistas fueron vendidos por Kornfeld y Klipstein en Berna el 12 de junio de 1968. Y es así como los fondos Doucet quedaron despojados de la revista paradadaista Das Bordell (1921), que tanto despertaba la curiosidad de su conservador François Chapon, cuando fui por primera vez a explorar sus tesoros, como de Stupid y de la colección completa de Creacion, Trossos, Grecia, y de tantas otras efímeras publicaciones donde aparecieron originales del poeta. Gracias a un donante anónimo y a la generosidad de su hijo Christophe, sus manuscritos y su correspondencia lograron entrar en la Biblioteca Literaria Jacques Doucet de 1967 a 1972, lo que da idea de la gran cantidad de trabajo necesario para inventariar su contenido. Sus colecciones de arte primitivo y de pinturas modernas fueron dispersadas y adjudicadas en subasta de Drouot, martillo de Guy Loudmer en noviembre de 1988, y una importante parte de su biblioteca cuatro meses después.

Por lo tanto el público fue privado para siempre de este conjunto coherente donde el poeta dialogaba de manera natural con los pintores contemporáneos, en un sitio embrujado por por los objetos de arte primitivo que él había contribuido a hacer apreciar en Europa.

No trataré aquí del coleccionista, ni del aficionado al arte : serían necesarias demasiadas ilustraciones para darse cuenta de su incomparable mirada, de su inmediata comprensión de la pintura, Su poesía se difundió son el apoyo de sus amigos pintores, de Marcel Janco, Hans Arp a Sonia Delaunay, André Masson, Alberto Giacometti, Picasso, etc. y recíprocamente, la pintura tomó impulso sobre sus poemas. Aunque no sea el propósito de este prólogo, recordaré aquí, de paso, algunos de los grandes libros de Tzara ilustrados por Miro o Picasso, donde tanto pintura como poesía son consustanciales. Si bien, es verdad, que no siempre se ha expresado con suficiente claridad, esta fundamental relación, en él, era vital. No queda menos que reconocer que siempre supo detectar, intuitivamente, los fundamentos de la expresión artística, hasta tal punto que varias de sus écfrasis, poemas inspirados por la contemplación de un cuadro, collage o cualquier otro procedimiento gráfico, se incorporaron de forma natural a sus recopilaciones, como Primera Mano, cuyo titulo denota el tema principal. Para él la pintura se hace con la mano, como la poesía en la boca. Las dos provienen de una necesidad primigenia. La necesidad inherente en cada individuo de expresarse, de nombrar el mundo y de transformarlo al mismo tiempo. De este modo fue subvertida la jerarquía de las artes y de los estilos. Aunque las lecciones académicas, los largos estudios, no aporten derecho alguno sobre la materia, no quiere ello decir que no exista jerarquía entre obras y artistas. Únicamente los criterios no son los mismos : la espontaneidad, la invención, el sentimiento de una realidad en sí misma, son los medios subjetivos de apreciación de una obra de arte. De ahí la enorme simpatía y esa íntima comprensión que manifiesta con Picasso.

Picasso su hermano en el arte. Es para él, inmensa antorcha, que yo querría transportar, no para compararle, lo que no tendría ningún sentido en materia crítica, sino para hacer comprender como la poesía de Tzara no puede ser juzgada en nombre de ningún principio existente.

Inútil negar la evidencia : hoy en día no se lee a Tzara. Al menos no tiene, en el espíritu del mundo, en las obras que sirven de, el lugar que merece. En primer lugar porque nadie es capaz de leer la poesía Dada de otra manera que no sea como curiosidad, el testimonio de los años locos. Y después porque al haberse afiliado el poeta al Partido comunista, se imaginaba, sin leerlo, que obedecía a ciertas teorías del “realismo socialista” que, felizmente, apenas hizo carrera en nuestra literatura. Máxime, cuando bajo el pretexto de que el marxismo sufrió una muy grave perversión en el Este, se quiere en lo sucesivo borrar completamente lo que intentaba, analizar una teoría, ponderar su traducción al terreno de la creación. Ahora bien, se verá después, Tzara siempre mantuvo la poesía, y su propio pensamiento, al margen de las consideraciones de una época periclitada en la militancia o el realismo.

Al manifestar esto, no quiero decir que la obra poética de Tzara se haya erigido fuera de la época, su época, bien al contrario, e incluso me voy a dedicar a mostrar cómo ella sufre los sobresaltos, desde la Canción Dada hasta las 40 Canciones y descanciones. Y ¡por favor, evitemos los prejuicios! Constituido por la poesía, como Picasso lo estaba por la pintura, Tzara solo debería ser juzgado en el ámbito de la creación, en razón de las impresiones, de las emociones que suscita.

No existe más palinodia en su obra, ni siquiera en el sentido que Isidore Ducasse contrapusiese Lautreamont y los Cantos de Maldoror (lo que es lejos de ser demostrado). Concediendo a lo sumo algunas sacudidas, Tzara siempre reivindicó para sí mismo una cierta continuidad, tanto para sus ideas como en las colecciones que recopilaba, procurando siempre en hacer coexistir las diferentes fases de su poesía, más allá de sus manifiestas rupturas. ¿Cómo conciliar al destructor de versos dada, al explorador de abismos surrealistas, al cantor de la esperanza, al erudito buscador de anagramas? ¡Y quién no ve que se trata siempre del mismo hombre empujado, zarandeado por la historia, cuyo canto nos alcanza por encima de todo, sea un sea una amplia colada de lava ardiente, una epopeya dramática o lírica Ya es hora de “retornar a la fuente /al canto y al silencio mi hermoso país de felicidad”.

Henri Béhar (Traductor Manuel Puertas )