La relación entre Breton y Tzara, se desarrolló de modo análogo a las relaciones a distancia actuales, al principio apasionada, mientras Tzara con Ball y compañía desahogaban sus furias juveniles escandalizando a la burguesía desde el Cabaret Voltaire, en Zùrich, André siempre alerta se apercibió de que allí se estaba realizando algo importante e intercambió cartas, recomendaciones literarias y publicaciones con su entonces “admirado” Tristan que ocupó en su vida el lugar del desaparecido Jacques Vaché, pero poco después de la llegada de Tzara a París se empezaron a enfriar los afectos.
Tras una larga discusión en un bar del Boulevard Montparnasse sobre Maurice Barrès, Breton propuso ampliar el debate y constituir un tribunal, pese a las reticencias de Tzara. Éste denominado Proceso a Barrès, fue el primer enfrentamiento público entre Breton y Tzara, presagio de la futura escisión, sucesión o secesión de Dada que dio origen al surrealismo. Barrès, elegido como cabeza de turco, era un escritor mediocre, ferozmente nacionalista y que como ya había sido puesto en entredicho por la izquierda, iba a ser, publicitariamente hablando, el candidato ideal para representar el papel de reo. Además, después de haber sido un autor respetado por Breton y Aragon, pasó a ser considerado como traidor por sus planteamientos belicistas, fue una elección ética y personal por haber desdeñado redactar el prólogo de las Cartas de guerra de Jacques Vaché, recopiladas por André.
Aragon y Breton elaboraron un proyecto, negociado con Tzara, en el que se proponía la acusación contra Barrès, los cargos eran de crimen contra la seguridad del espíritu por haber renunciado a lo que de autentico había en él, o sea, algo muy ambiguo.
El día 13 de mayo de 1921, en una lúgubre estancia des Societés savantes, en el número 28 de la calle Serpente y bajo una gran banderola con el texto de Péret “Nadie puede alegar desconocimiento de Dada” , se constituye el tribunal del Proceso a Barrès, Breton de presidente, Théodore Fraenkel y Pierre Deval, como asesores, Louis Aragon ejerce de abogado defensor y Ribemont-Dessaignes es el acusador publico, siguiendo las tesis de Tzara, todos con sus provocativos atuendos, el acusado es representado por un pelele y aparece Benjamin Péret disfrazado de soldado alemán “soldado desconocido”, con máscara de gas y haciendo el paso de la oca, lo que provoca una violenta hostilidad, lo que se había programado como una burla acabaría siendo un grotesco enfrentamiento que incluso provocó el alejamiento definitivo de Picabia del movimiento dada.

Se abre la sesión tomando la palabra el presidente con la lectura del acta acusatoria, documento más filósofico que jurídico que consta de ocho apartados, “reconduciendo obstinadamente al buen camino a aquellos testigos tentados de extraviarse por las sendas dadaístas de la broma o la incoherencia” como explicita Michel Sanouillet en su obra monumental Dada en Paris .
Comienza el juicio con un interrogatorio ficticio por parte de Breton a Jacques Rigaut que se había suicidado recientemente.
Breton – Según usted, no hay nada posible. ¿Cómo hace para vivir?, ¿por qué no se ha suicidado?
Rigaut– No hay nada posible, ni siquiera el suicidio. El suicidio es, se quiera o no, un acto de desesperación o un acto de dignidad. Matarse es admitir que existen obstáculos aterradores, cosas que hay que temer, o al menos tener en cuenta.
Breton – Según usted, el suicidio es un mal menor.
Rigaut. – Exactamente. Y un mal menor apenas menos antipático que un oficio o una moral
La esperada intervención de Tzara se le escapó de las manos a Breton porque ya ante la pregunta de si juraba decir toda la verdad, respondió : No,No tengo ninguna confianza en la justicia, ni siquiera si esa justicia es impartida por Dada. Coincidirá conmigo, señor presidente, en que no somos más que una banda de cabrones y que, por consiguiente, las pequeñas diferencias —cabrones más grandes o cabrones más pequeños— no tienen ninguna importancia.
Breton – ¿Sabe por qué se le ha pedido que testifique?
Tzara – del todo convencido de ello.
Breton – ¿Qué es Tristan Tzara?
Tzara – Es exactamente lo contrario de Maurice Barrès.
Soupault – La defensa, convencida de que el testigo envidia la suerte del acusado, pregunta si el testigo se atreve a confesarlo.
Tzara – El testigo manda a la defensa a la mierda
Breton – Después de Maurice Barrès, ¿puede citar algunos otros grandes cerdos?
Tzara – Sí: André Breton, Théodore Fraenkel, Pierre Deval, Georges Ribemont-Dessaignes, Louis Aragon, Philippe Soupault, Jacques Rigaut, Pierre Drieu La Rochelle, Benjamin Péret, Serge Charchoune.
Breton – ¿Quiere insinuar el testigo que Maurice Barrès le resulta tan simpático como todos los cerdos que son sus amigos y que acaba de enumerar?
Tzara – ¡Por el amor de Dios! Aquí estamos hablando de cerdos, no de simpatía. Mis amigos me resultan simpáticos, mientras que Barrès me resulta antipático.
Breton – ¿Pretende el testigo pasar por un perfecto imbécil o busca que lo internen?
Tzara – Sí, pretendo pasar por un perfecto imbécil, pero no busco escapar del manicomio en el que paso mi vida.
Breton – Y usted, ¿fue herido en Verdún?
Tzara – Como no me detengo ante ninguna mentira: sí, naturalmente, en el Verdún del dadaísmo. Ya sabe, señor presidente, que soy lo suficientemente cobarde como para arriesgar el pellejo en un asunto que, en el fondo, apenas me interesa.
Breton – ¿Tiene ganas de conocer personalmente a Maurice Barrès?
Tzara – Lo conocí en 1912, pero me enemisté con él por un asunto de mujeres.
Soupaul. – La defensa hace constar que el testigo se pasa el tiempo haciendo bromas .
Tzara – No juzgo. No juzgo nada. Me juzgo a mí mismo todo el tiempo y me considero un individuo insignificante y repugnante; algo parecido a Maurice, aunque, a decir verdad, un poco menos. Todo esto es relativo.
Para terminar su «número», Tzara entonó la Canción Dada, tres versos de un poema que luego publicó ampliado y corregido en su obra de 1929 De nuestros pájaros de la que tenemos una magnífica traducción/edición en castellano ,de la Universidad de Cádiz a cargo del profesor Francisco Deco.
“Canción de un dadaista
que llevaba a dadá en el corazón
gripaba demasiado su motor
que llevaba a dadá en el corazón”
Hasta aquí se ha seguido el relato publicado en número 20 de Littérature, el resto del proceso se ha recuperado gracias a los fondos bibliográficos de Tzara que recogen la requisitoria de Ribemont-Dessaignes y la defensa de Soupault. La primera comienza recusando al tribunal, a los testigos y al mismo público. Tras una semblanza ridiculizadora de Barré al que en lugar d juzgarlo proponía ejecutarlo, Ribemont-Dessaignes, pronuncia un auténtico manifiesto dada : “ Amor, sensibilidad, muerte, poesía, arte, tradición y libertad, individuo y sociedad, moral, raza, patria. Pero ¿qué piensa Dada de estos bonitos objetos, él que juzga a Barrès? Señores, Dada no piensa, Dada no piensa nada. Sabe, sin embargo, lo que no piensa. Es decir: todo. […] Se caga en el arte y, sin embargo, hace arte. Escupe al aire y lo que les cae en el ojo es arte que les humedece el párpado. ¡Qué felices son, señores, y cuánto los quiero! […] Dada quiere mucho al mundo. Esa es su postura. Para comérselo […] La raza, los muertos, la patria son velas, no soles. El tacto, el buen gusto, el claro genio francés… ¡vaya farsa! Y mal representada, además. Sus muertos. ¡Qué hermoso orgullo el de haber sabido morir! A Maurice Barrès le place caminar sobre los gusanos, siempre y cuando pueda eyacular sobre la bandera. Es un paladín de la civilización. […] Señores, les entrego estos harapos inmundos. Juzguen ustedes si le sientan bien al verdugo, a un carcelero o a una alcahueta.”
Soupault concluía su defensa en estos términos : “ Considero que no está en manos de Maurice Barrès, ni de nadie, atentar contra la seguridad del espíritu. Un acto, un pensamiento —o el acto o el pensamiento contrarios— no pueden comprometer el espíritu, ni del que lo zoncibe, ni el espíritu en general, ni el de los individuos susceptibles de verse influidos por él”
Prácticamente así terminó este primer enfrentamiento público entre Tzra y Breton , ya que antes de la intervención de Aragon , la sala quedó casi vacía. Pese a la seriedad con la que Breton había pretendido revestir el proceso, todo resultó en una pantomima típicamente dada con su humor absurdo. La sentencia que propugnaba el organizador de pena capital no se apobó y si fue sustituida por los 20 años de trabajos forzados. Dada había ganado la batalla. Apenas dos años después falleció el chivo expiatorio Maurice Barrès.